Mi abuelo se murió un martes festivo

Por Juliana Rozo

Mi abuelo fue mi primer amor y mi primer ejemplo de vida consciente. Marinero errante y explorador eterno, entiendo que mi anhelo de recorrer el mundo, que esa sed de viaje tiene que ver con las anécdotas de su vida pasada y con promesas de un futuro que no se materializó, como, por ejemplo, un viaje a París que emprenderíamos él y yo, cuando llegara mi cumpleaños número quince.

Puede que suene a lugar común decir que lo llevo en la piel. Es un lugar común pero también es literal. Afortunadamente, estuve a tiempo de rendirle algunos homenajes en vida, como ese tatuaje que tenía y que ahora está conmigo, que tenía tres estrellas y una corona de laurel. El tatuaje, representaba para él, la familia y la patria. Él hablaba sobre la patria, pero jamás en un tono que implicara una obligatoriedad o un reproche. Él hablaba sobre un cierto “deber de devolver”. Como yo lo entendía, era una responsabilidad de devolver a su tierra, a “nuestra tierra”, un poco de lo que se nos ha dado. Creo que en eso siempre fue muy atento, en ser consciente de su legado, de lo que iba dejando atrás. Atento, es una palabra que lo puede describir acertadamente. Él entendía el amor como atención. Todes sentimos el afecto de mi abuelo, desde una palmadita sutil hasta unas palabras modestas pero contundentes sobre por qué teníamos que desconectarnos del celular al momento de estar comiendo en la mesa.

Hay dos Ernestos que conocí en él, que me llevan a preguntarme qué es la vida, cómo es este verbo de vivir y cómo se asocia a la coherencia y fluidez que otorga la memoria. ¿Podemos decir que alguien está viviendo cuando pregunta cada quince minutos “¿qué día es, qué hora es?” Cuando responde, casi a modo de contestador de voz, automático, pero no por eso sin carisma, a la pregunta del ¿cómo estás? un  “comme si, comme ça” y movía su mano en un vaivén para explicar o enfatizar que estaba en el umbral: entre la salud y el malestar, entre la vida y la muerte, entre la presencia y la ausencia, con una fijación incurable por la estatura de las personas que iban a visitarlo y sobre la ubicación de una persona: Inés.

Es imposible hablar de Ernesto sin hablar de Inés. De sus huidas rutinarias a “la playa”, de las mogollitas integrales del éxito y de este amor que supo transformarse con el paso de una vida entera que fueron tejiendo de la mano del otro.

Es imposible pensar en Ernesto sin pensar en el mar. En el legado de amor y respeto que nos dejó hacia él. En cómo brillaban sus ojos cuando caminaba por las calles cartageneras o en como siempre, así lo cumpliera o no, estaba complotando mentalmente algún viaje al caribe colombiano. Ernesto creó una Bogotá con mar: Cuando íbamos a buscarlo a su casa y no estaba, sabíamos que podíamos encontrarlo en “la playa”: Unas sillas en la parte exterior de Unicentro donde podía contemplar a los transeúntes y acercarse más al sol sin exponerse al cáncer.

Me acuerdo de las manchas en su cara, de una grande que estaba arriba de su pómulo, casi paralela a su ojo. Me acuerdo de sus manos y de la manera en que las llevaba a su cabeza para organizarse el pelo. Cómo odiaba que lo despeinaran, cómo odiaba no estar regio.

Me acuerdo de sus manos, de cómo sus dedos se fueron adelgazando de modo tal que el anillo de matrimonio le quedaba holgado. Recuerdo también la vez que perdió ese mismo anillo y, mientras mi abuela entraba un poco en cólera, el anillo reposaba en un paquete de, ¿nueces eran?, en la casa de mi tío en un suburbio norteamericano, que Ernesto había visitado hace unos meses.

Me pregunto lo de las nueces porque a veces las historias se intercalan, los recuerdos se superponen, y no sé si fue con ese mismo paquete de nueces que se rompió un diente frontal, mientras comía a hurtadillas, intentando que nadie lo viera.

Era pícaro, siempre fue pícaro.

Este comportamiento se asomaba con su sentido del humor ácido, que nunca perdió, o en las muecas que hacía cuando le iban a tomar una foto: levantaba una ceja y picaba el otro ojo.

Le gustaba el blues y el jazz y su bigote me hacía pensar cuando pequeña que él y Vicente Fernández eran una y la misma persona. Supongo, no lo sé a ciencia cierta, que le gustaban las rancheras. (Me acuerdo que cuando teníamos alguna reunión familiar por la noche, él dejaba grabando la telenovela “La hija del mariachi”.) También sé, por historias de terceros sobre él, que disfrutó mucho sus visitas al D.F. y que tenía un amor entrañable por New Orleans.

Era solemne. Nunca lloró al frente mío, pocas veces lo vi de malgenio o salido de sus casillas.

Cuando era pequeña, cada jueves por la mañana me llevaba al parque de al lado de su casa, ¿o era cada jueves que iba a reunirse con sus amigos de la IBM en ese café de Unicentro? Siempre me intrigó de qué podrían hablar, nunca me dejaron acompañarlo.

Tenía el mejor olor del mundo, la mejor barriga del mundo. Puedo decir, que en los últimos años de su vida estructuró su día a día alrededor de rituales cotidianos: El jugo de naranja y papaya que le preparaba a mi abuela antes de que ella se levantara de la cama, los recorridos por el pasillo de la casa una y otra vez cuando tenía frío, el capuchino en Juan Valdez antes del almuerzo y después del almuerzo, la siesta. Leer el periódico sentado en su poltrona a la mañana y ver las noticias con un volumen exorbitado a la noche. Eran fan de “Sábados Felices”, aunque ese fue uno de los hábitos que este segundo Ernesto fue perdiendo al entrar en el umbral.

En los noventas, Ernesto era otro, con más alma y vigor. Lo acompañaba en las mañanas a revisar su apartado aéreo, aunque en esa época no sabía que se le llamará así. Lo que sí podía nombrar con claridad era el pie de manzana de McDonalds que le traíamos de regalo al volver de una sesión de merodeo y juego en las maquinitas de Unicentro con mi abuela. También, recuerdo pedirle que me enseñara a tocar la harmónica y que para mi cumpleaños 16 me regaló una. Recuerdo que en las fiestas tocaba Camine conmigo a Pandi y se reía cuando terminaba, o que en las navidades tocaba Noche de paz.

Tengo esa harmónica conmigo y tengo su sonido. Como el mar y su arrullo, como su saludo de bienvenida para mí: “La reina mora, que cuando canta llora”.

Puede que sea un lugar común, pero hoy te despedimos con una canción de Louis Armstrong y te decimos: gracias por tanto amor, por el amor que diste, por el amor al mar. Honramos tu vida y te decimos, como la canción de los marineros, que todo se escucha en tu voz y que seremos felices entre tantos pesares.